La visión budista de la vida

Como filosofía, el punto de partida del Budismo en la India antigua fue el esfuerzo de Shakyamuni (literalmente, “el sabio del clan de los Shakyas”) por resolver la cuestión del sufrimiento humano, los “cuatro sufrimientos” de nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte. (La inclusión del nacimiento puede parecer inesperada, pero la tradición budista –confirmada por la experiencia– sostiene que la transición de la calidez y la seguridad del seno materno al frío mundo exterior es sumamente dolorosa. El nacimiento también simboliza el sufrimiento inherente en el proceso de la vida misma.)

Para resolver la cuestión del sufrimiento humano, Shakyamuni se involucró en diversas prácticas meditativas, ingresando profundamente en los reinos interiores de su propia vida. Allí, él descubrió una conciencia que trascendía lo puramente individual, un nivel de conciencia compartido por todas las personas. Más allá de eso, él pudo experimentar la unidad con todas las formas de vida. Eventualmente, la expansión de su despertar interior le posibilitó experimentar la unidad con la Tierra misma, y con los planetas y estrellas que, como el ser humano individual, soportan los ciclos de la vida y la muerte –formándose y uniéndose, disolviéndose y dejando de ser. Finalmente, él pudo experimentar la dimensión de lo que puede ser llamado una vida cósmica universal –la esencia fundamental de la sabiduría y la misericordia que apoya y fundamenta toda forma de existencia. Toda forma de vida repite los ciclos de nacimiento y muerte apoyada por el misericordioso funcionamiento de la fuerza vital cósmica.

Fue su despertar a esto lo que le ganó a Shakyamuni el título de “Buda” o el iluminado. En el lenguaje de la filosofía, él descubrió una verdad interior e inmanente que es, al mismo tiempo, trascendente y universal. El cosmos interior que descubrió, en otras palabras, también podía ser observado en el mundo que le rodeaba; percibiendo una vida universal de sabiduría y misericordia en el interior, Shakyamuni también la reconocía en todas las personas. Él vio que todas las personas eran capaces, como él, de despertar a la verdadera naturaleza de sus vidas. Desde ese momento, sus acciones y enseñanzas estuvieron dedicadas a la tarea de despertar a todas las personas a la naturaleza eterna e inmaculada de sus vidas. Estas enseñanzas formaron la esencia y la base del posterior desarrollo del Budismo como un sistema filosófico y como un movimiento de empoderamiento popular.

La meta del Budismo es la felicidad. Dado que el Budismo aprecia la interconexión de todas las formas de vida, nuestros esfuerzos por realizar la felicidad para nosotros mismos debe incluir una misericordiosa acción por los demás. El Budismo niega la validez de cualquier forma de felicidad que se construya sobre el sufrimiento o el sacrificio de otros, incluyendo la destrucción sin sentido de la naturaleza. En el Dhammapada, una escritura budista temprana, encontramos este pasaje: “Todos los seres vivientes tiemblan ante la violencia. Todos los seres vivientes temen a la muerte. Poniéndose en el lugar de estos otros seres vivientes, no se debe matar a otros, ni debe permitirles a ellos que maten a otros”. Proteger la vida de la violencia y la degradación es un objetivo esencial del Budismo.



Una nebulosa burbuja. Esas inmensas nubes de gas y polvo en el espacio intergaláctico se forman cuando mueren las estrellas. También conforman el material del cual nacen nuevas estrellas. [Brand X Pictures/Alamy]


El continuum de la vida

La dignidad humana es un interés clave en cualquier discusión bioética. Se le debe dar un respeto pleno en todas las etapas de la vida. El ser capaz de sentir y experimentar concretamente la propia dignidad, hacer que la dignidad sea reconocida y respetada, son aspectos cruciales de la felicidad. En el Budismo, la base de la dignidad humana está en nuestra identidad con la vida cósmica y universal, y nuestra capacidad para despertar a la sabiduría y la misericordia inherente en toda forma de vida. Es la naturaleza fundamental de la vida para evolucionar hacia la autorrealización y la autoperfección. Esto también se aplica, incluso, a las personas con capacidades extremadamente reducidas. En este sentido, la dignidad humana es esencialmente independiente de normas tales como la capacidad para tomar decisiones racionales o para contribuir activamente con la sociedad.

La unidad del yo individual con el cosmos significa que lo físico y lo mental, las dimensiones concreta y espiritual de la experiencia son también una unidad. “(Dos pero no dos“ es el término utilizado en el Budismo para describir que lo que es distinto y separado en el nivel fenoménico, es uno en un plano más profundo.) De la misma manera, nuestras vidas se extienden y abrazan nuestro medio ambiente con el cual somos también “dos pero no dos”. Para los que brindan cuidados, esto significa que se debe dar una cuidadosa y balanceada atención a los aspectos físico y espiritual de la persona humana –no se puede priorizar radicalmente a uno sobre el otro. También significa que los practicantes médicos, cuando tratan a las personas, también están trabajando y “tratando” a la familia, amigos y la comunidad que forman parte integral de la vida de esa persona.

Lo fundamental en el despertar de Shakyamuni fue su comprensión de la naturaleza eterna de la vida. La idea del Budismo respecto a la experiencia del nacimiento y la muerte es análoga a los intereses principales de la bioética. En el Budismo, las vidas individuales son apreciadas como que emergen de la vida universal y cósmica (el proceso del nacimiento) y que retornan a ella en el proceso de la muerte. Gobernados por la ley de causa y efecto, nosotros repetimos interminables ciclos de vida y muerte, cada uno de los cuales es una oportunidad única para crear valor (felicidad) para nosotros mismos y para los demás.

En los términos del proceso del nacimiento, el Budismo ve a los padres y al hijo como manifestaciones de la vida cósmica que comparten una profunda relación desde el pasado así como un propósito o misión compartida a realizarse en el presente y el futuro. En los términos más simples, un niño no pertenece o existe como una extensión de los padres. Sin embargo, tampoco el niño es un regalo o posesión de un agente externo absoluto. En la perspectiva budista, el esperma y el óvulo de los padres brindan el entorno u oportunidad para que una tercera vida, autónoma, se haga manifiesta, crezca y desarrolle su potencial peculiar dentro del contexto de los profundos vínculos de interconexión que comparten. Estos vínculos no son un hecho frío y biológico que combina identidad genética con propiedad. Estos vínculos se desarrollan y profundizan mediante el proceso del cuidado y la crianza, y es contra este antecedente que pueden ser consideradas las terapias reproductivas específicas y se hacen las elecciones personales a menudo difíciles.



La dignidad en vías de desaparición

En el otro extremo del continuum de la vida, el Budismo ve el proceso de la muerte como una valiosa oportunidad para manifestar plenamente la dignidad humana. Debido a que el Budismo no aprecia la muerte como una experiencia intrínsecamente negativa, generalmente no apoya el uso de intervenciones “heroicas” que sólo prolongan la existencia física de un paciente. De otro lado, tampoco, apoya cualquier intervención que deliberadamente acorte la vida de una persona.

Como lo sugeriría la experiencia de Shakyamuni en la meditación, el Budismo ve la conciencia como algo que no está limitado a aspectos superficiales tales como la sensación, la percepción y el pensamiento racional. Más bien, supone la existencia de niveles profundos de conciencia que son compartidos por las personas y que los conecta (son “transpersonales”, para prestarnos una expresión contemporánea) y que están fundamentalmente unidos con todos los seres.

Así como el proceso de la concepción, la gestación, el nacimiento y el subsiguiente desarrollo puede ser entendido como un continuum de surgimiento y desarrollo desde las fuentes comunes de la vida universal, el proceso de la muerte puede ser apreciado como el proceso por el cual la conciencia individual se retira a los niveles más profundos hasta que se fusiona plenamente con la vida cósmica. Esto no está marcado por etapas abruptamente delineadas, sino que es como un continuum en el cual la “muerte” puede ser mejor entendida como el punto en el cual el proceso de la muerte se ha hecho irreversible. La tecnología médica actual es incapaz de revivir a las personas que han llegado a la etapa de la “muerte cerebral”, y mi comprensión del Budismo puede aceptar esto como el actual significado de la muerte.

Esta visión de la muerte requiere que las personas, en el proceso de la muerte, sean tratadas en todo momento con respeto. Mucho después de que ha perdido la capacidad para expresarse, parece que la persona continúa escuchando y sintiendo de otra manera su entorno. E incluso después de que se ha perdido la capacidad para organizar las sensaciones como pensamientos o impresiones racionales, los niveles más profundos de la conciencia continúan funcionando, sintiendo directamente el amor y la preocupación de los miembros de la familia y los amigos. Algunos textos budistas ofrecen guías muy específicas respecto al comportamiento en torno a la persona que agoniza –evitar hablar en voz alta o acerca de temas que la persona agonizante encontraría perturbadores, por ejemplo. Debido a que la muerte se aprecia como un proceso, estos textos sostienen que estas guías deben ser observadas por algún tiempo después del momento de la “muerte”.

En este sentido, el estado interior de la persona es la clave para la idea budista de la muerte con dignidad. Conforme declina la función física y la conciencia se retira hacia el punto de lo irreversible, ¿qué clase de decisión y drama se representan en el reino interior de la persona? ¿Cómo enfrenta esa persona las lamentaciones y satisfacciones, un acuerdo final con todo lo que ha sido doloroso y amargo, bueno y recompensante, en esta vida? En el ideal que ofrece el Budismo para la etapa final de la vida, la sabiduría y la misericordia figuran de manera importante. Una muerte ideal es aquella que, apoyados por otros y misericordiosamente comprometidos con ellos hasta el último momento, podemos sentir la firme realidad de nuestra dignidad, y podemos responder a los beneficios de esta vida con un profundo sentimiento de aprecio y gratitud. De esta manera, podemos marcar una nueva y esperanzadora partida hacia el futuro.